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La pasión más inútil

El teatro es una pasión inútil, como el mar, la felicidad o la propia vida. Y la voz de los padres resonando a través de las ventanas, remontando la soledad de los postes telefónicos hincados en los caminos de la noche: porque los padres temen sobre todo ese empeño poco razonable, esa carga de pasión en las balanzas más frágiles que la vida esparce por las ciudades como trampas. En las provincias, en las periferias bañadas por el mar, la razón práctica parece más fundamentada. Madrid sigue siendo la casa de lenocinio, donde el arte dramático es posible: crueldad, abismos de la razón, el teatro que no alimenta, pero que enjaeza los caballos más escabrosos, tal vez los más verdaderos. Preferir el teatro es preferir todavía una vida precaria, en perpetua alarma, sin la seguridad de los otros recintos industriales. Sin embargo, en este tiempo sacudido, quizá la lucidez sea elegir ese horizonte nublado, porque la seguridad de un empleo, como querían los padres, es otro señuelo azul que se derrumba, otro error de la logística. El tiempo no tiene más ternura que la que izamos con las manos.

Hay un momento en la infancia en que el futuro actor se encuentra con el mercurio airado del espejo. Y hay un lazo secreto con la tierra, con la minería a cielo abierto: un viaducto entre el desarraigo que el actor infantil sentía y que se traduce después en perseguir una cierta nostalgia de la sinrazón en los escenarios adultos del teatro. Preferir el teatro es asir con los dientes el miligramo de locura que inyectarse en la vena del deseo. El teatro, que ha dejado de explicar el mundo, es la peor apuesta de este siglo. En vez de creer en otras artes más reconocidas por el público, el actor, la gente de teatro, arriesga su alma en la frontera, y no acaba de saber explicar con palabras su propio desvarío.

Descubrir la diferencia

Preferir el teatro es otra consecuencia de haber descubierto la diferencia, y de abrazar esa vertiente. Del mismo modo que algunos descubren asombrados en su piel un sexo equivalente, abrazar el teatro es otro escalón más: asirse a la diferencia como si de un oxígeno humano se tratara. Si el arte es un ejercicio de despojados, el teatro es el arte de Job. Por eso tampoco el teatro que nos traspasa es el de las grandes burocracias dramáticas, esos centros donde los actores cumplen un designio que no es el suyo, pero que les alimenta a fin de mes, y se convierten en empleados de grandes puestas en escena que hablan como otra propaganda de los desvelos del poder por la cultura. Así cuesta tanto emocionarse.

Emoción, que es otra palabra desechada. La pasión por el teatro empuja a frecuentar los teatros como se frecuenta una droga, presos de un síndrome de abstinencia que progresa de forma inversa a las toxicomanías que también los actores conocen y padecen. Porque a medida que se frecuentan más y más espectáculos, un hastío mortal cuaja ante esas puestas en escena tan pretenciosas, tan vacuas, tan inútilmente útiles. La inutilidad de la pasión por el teatro es de una índole más espiritual.

Quedan a salvo las emociones que suscitan los hallazgos de algunos grupos privados de casi todo, o de Giorgio Strehler, o de cualquiera de los montajes del polaco Tadeusz Kantor. Y cómo se explica que sea un polaco, con la intrincada penumbra de su idioma, el artista del teatro que más acierta con la carne viva. En ese deslumbramiento alcanzamos a descubrir por un instante que tal vez no estamos equivocados, que el teatro es nuestra pasión más verdadera. Pero en los teatros cotidianos la ausencia del misterio es después más lastimosa. Los públicos no se reconocen ni buscan la emoción de los teatros. La emoción sucede en otra parte.

El mundo transcurre como un tren costanero, con las luces multicolores reflejándose en el agua. Y son imágenes cinematográficas, subrayadas obscenamente por una música de rock. En el andén estamos nosotros. A veces pensamos que se trata de una gran ciudad. Pero también puede ser un poblachón al sur: al sur del tiempo y al sur de nosotros mismos. Nos acostamos con el teatro, que es el cadáver femenino de una pasión. Nos alumbramos de plumas estilográficas y de objetos que recogemos de los basureros de la ciudad. El teatro como un animal agonizante, la pasión más inútil que perseguir hasta el final del aliento. Nos preguntamos por el futuro del teatro. Y escribimos en los cuadernos del tiempo, porque escribir sobre teatro es una forma de bajar hasta la playa, de hacer que los trenes de luces multicolores que atraviesan el silencio de la noche sean algo más que una secuencia cinematográfica. Al sur de nosotros, donde el tiempo.

La Redacción de la revista Teatra, que firma este artículo, está formada por Juan Antonio Vizcaíno, José Andrés Rojo, Javier Vallejo, Ernesto Caballero, Alfonso Armada, Pietro Olivera y Juan Manuel Sánchez.

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