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Teatra de noche

Todos esos abedules quietos tras los cristales fríos y las dunas que quedan tan lejos de nosotros y del jazz: con las tijeras más dulces despojando al papel de sus heridas y la tarlatana, como una red donde el amor se quede aquí, casi desnudos a los pies de la carne y la cerveza. Teatra se hace de dioses de mar envasados en latas de memoria y las caracolas que trae del mar el Manzanares llevan cristales de luna, alfombras de coral, humo que nos ensortija las muñecas y nos ablanda: desde el cansancio hasta el odio, desde los grifos a la noche. Porque Teatra es una redacción de noche donde los niños no se hacen hombres, dudan y se quieren abedules, un frigorífico entrañable, la cocina de estar y las páginas dispersas por los suelos del último piso, como si el ático y el alma cabalgaran un caballo de madera para los niños autistas que somos, pequeños redactores de espuma, Teatra blanca, porque nos miramos a los ojos y Madrid es una hora última, meciéndose en las cornisas para que los párpados no se quiebren y duren como si fueran para siempre.

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